LA VISITA
La visita, de Analía Rodríguez Borrego
Las sombras, esos pequeños escarabajos que buscan en el fondo para no ser descubiertos. Cuando son expuestos a la luz, caminan prontamente hacia otro pozo que los mantenga a salvo.
Mis escarabajos se pasean en estos días por la casa en cuarentena. Se atrevieron a salir y a deambular por todos los rincones, sin mi autorización. Esta vez, no he habilitado su salida. Se les antojó, parece, y me han provocado gran dolor de cabeza, fiebre y malestar, febrícula, amasillamiento del cuerpo hasta llevarme a la cama.
Sus formas ahora han variado. Sus colores también. Me han sorprendido en mis fueros internos y, por momentos, no sé cómo combatirlos. Pero la verdad es que me incomodan, temo que se vuelvan a subir a mí, multiplicados.
Estos escarabajos no son de oro como aquellos, son de carne, piel, y en su interior yace un cerebro que comanda con gran sutileza la dirección y sus intenciones perfectas.
Por momentos les temo. Los veo con su andar libre, aunque cauteloso, y pienso si esta libertad les garantiza la felicidad, si son felices, y en el caso de serlo, me pregunto qué será la felicidad para ellos.
Reconozco que los primeros días que los encontré fuera de mí, andando por la casa, entré en pánico. Sentí desprotección extrema, invasión por sus presencias amenazantes. Hubo días en que me pareció que crecían de tamaño. Pero luego me di cuenta de que no, que sólo era mi proyección del miedo y que, como todo miedo, modifica la perspectiva de las cosas de la vida cotidiana.
Los escarabajos, acostumbrados a vivir en el fondo porque allí operan con sabiduría tibetana, ahora parecían inalterables en la superficie, con gran disponibilidad de la casa. Yo me daba cuenta al verlos caminar. Hubo días en que me pareció que disfrutaban del canto de los pájaros en el jardín. Acá, donde vivo ahora, hay muchos pájaros que cantan. A mí también me gusta escucharlos por las mañanas y por las tardes .
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Hemos pasado más de dos cuarentenas con los escarabajos bajo el mismo techo. Pero debo decir que hubo días en que no salieron del rincón debajo de la escalera, al lado del baño chico, en una actitud de descanso comunitario, uno encima del otro, como dándose calor para subsistir. Creo que envidié esa conducta mutualista: pequeños escarabajos, todos juntos, propagando paz, serenidad y calidez. Sin embargo hubo días, justamente esos en los que creí verlos enormes, que temí que alguno de ellos me devorara. Estuve noches sin dormir pensando en eso. Un martes de lluvia, vi claramente que dos de ellos se apostaban en la puerta de mi habitación, como al acecho, a la espera de que me durmiera para ¡zas! deglutirme sin piedad. Temblé tanto esa noche que no logré conciliar el sueño. Al amanecer sentí que se alejaban de la puerta y pude conciliar el sueño hasta el mediodía. Al día siguiente no los vi. Sin embargo , sabía que estaban allí cerca, recostados tal vez entre ellos.
Los escarabajos/sombra, como decidí nombrarlos, me reconocían aunque fingían no mirarme. Ese parecía ser precisamente su plan, su estrategia. Llegué a pensar que su objetivo era sacarme de la casa, dejarme fuera de mi lugar tan anhelado. Hubo momentos en que creí que conspiraban en mi contra. Un día en que decidí salir de este confinamiento, compré veneno de cucarachas para ellos. No tenía la certeza de que los pudiera matar ese polvo verdoso. Coloqué la medida indicada en el envase, en un recipiente, como sirviéndoles un delicioso manjar. Saboreé su muerte cercana. Pero no pude entregarlo, el solo hecho de pensar en la muerte en este momento de la humanidad, me produjo una enorme angustia. Tiré el contenido del tazón y lavé bien el recipiente. Luego lo guardé detrás de la botella de detergente, en el fondo del bajomesada, para que no lo vieran ni sospecharan de mis interiores de darles fin.
Un miércoles de tormenta me dediqué todo el día a observar sus cuerpos. Parecían soldados romanos. Su caparazón era rígido como el metal. Todas sus patas estaban cubiertas por una vellosidad curiosa, medio rojiza. Sus cabecitas erguidas, con la mirada siempre hacia delante, tenían la actitud de un guerrero. Los había más pequeños y más grandes, pero solo variaba su tamaño, su apariencia era la misma: todos soldados de un mismo batallón.
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Las tres cuarentenas me acompañaron. Y digo me acompañaron, porque con el transcurrir del tiempo en que convivimos, logramos cierta comodidad entre todos. Llegué a dormir toda la noche de corrido sin sentirlos una amenaza (ahora dudo de aquella noche en que creí que estaban en la puerta de mi habitación). Me di cuenta que algunos de ellos, los más jóvenes, se alejaban de mí los días de sol. No me explicaba esa conducta nueva con el cambio de estación. Había llegado el invierno. Descubrí también que ya no se escondían al verme bajar las escaleras por la mañana. Al contrario, me abrían paso. También pude ver un jueves, que habían disminuido la cantidad de ellos, notablemente. Me alegré bastante ya que hubo semanas en parecían multiplicarse y eso me perturbaba terriblemente. Agradecí su partida, o su muerte, nunca lo sabría. También me di cuenta de que algunos de ellos, unos pocos, habían modificado el color de su caparazón a un tono anaranjado, casi ocre. No sé por qué, pero esto me tranquilizó.
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Los escarabajos/sombra no están. Hace pocas semanas fueron desapareciendo. Solo quedaron dos. Esto fue el último sábado de sol intenso. Al bajar las escaleras por la mañana, me miraron desde el penúltimo escalón. Busqué con la mirada al resto infructuosamente. Conviví con la pareja de escarabajos la última semana con mucho respeto. Habíamos establecido una especie de ritual: me recibían por la mañana en su escalón y, durante el día, se recostaban a mi lado.
Hoy, 5 de septiembre de 2020, los escarabajos/sombra, como decidí llamarlos el 20 de marzo de 2020, no me recibieron por la mañana en su penúltimo escalón.
Entendí que el resto de mis días en esta casa, solo regresarían de visita.


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